En consulta, y también en nuestro lenguaje cotidiano, hablamos a menudo de autoestima. Pero ¿a qué nos referimos realmente cuando hablamos de ella?

«Auto» significa propio y «estima» hace referencia al valor, al aprecio, al afecto. Podríamos decir, entonces, que la autoestima tiene que ver con la manera en la que nos valoramos, nos tratamos y nos miramos a nosotros mismos.

Sin embargo, antes de construir una mirada propia, necesitamos de la mirada de los demás.

Durante las primeras etapas de nuestra vida, especialmente mientras estamos construyendo nuestra identidad, las experiencias que tenemos con las personas significativas pueden influir en la manera en la que aprendemos a vernos.

La forma en la que nos hablaron.
La forma en la que nos hicieron sentir.
La forma en la que nos miraron.

Todo ello puede ir formando una idea sobre quiénes somos.

Si me dijeron repetidamente que era torpe, puedo acabar construyendo la idea de que «soy torpe»

Si me hicieron sentir que no valía, puedo aprender a sentir que «no valgo»

Si fui mirado con desprecio, puedo terminar incorporando esa mirada y aprender a mirarme de la misma manera.

Pero esto no significa que nuestra historia determine para siempre la relación que tendremos con nosotr@s mism@s.

Muchas de las formas en las que aprendimos a mirarnos fueron construidas en relación con otros. Y, precisamente por eso, pueden ser revisadas y transformadas.

El trabajo terapéutico consiste, entre otras cosas, en tomar conciencia de esas voces, miradas y mensajes que hemos ido incorporando y preguntarnos:

¿Esta es realmente mi voz?
¿O es una voz que aprendí a hacer mía?

A partir de ahí, podemos comenzar a construir una narrativa propia, más ajustada, compasiva y amable sobre quiénes somos.

Porque quizá la forma en la que hoy te miras no empezó contigo. Pero tampoco tiene por qué ser la mirada que conserves para siempre.