Por una parte, las redes se inundan de fotos de lugares maravillosos, experiencias increíbles y poses perfectas. Pero ¿qué hay detrás de las cámaras? ¿Estamos disfrutando realmente los momentos que inmortalizamos o estamos pensando en cómo van a verse en nuestras redes sociales? ¿Estamos haciendo lo que realmente queremos en nuestras vacaciones o estamos marcando check en lo que se supone que debemos hacer? ¿Estamos compartiendo momentos con las personas con las que viajamos o estamos centrados en compartirlos en redes? Las vacaciones pueden convertirse en un foco de tensión y malestar, con presión por la foto perfecta, incluso por mostrar un disfrute que no estamos experimentando al dejar de estar en el tiempo presente para trasladar nuestra atención a cómo va a verse en el espacio virtual.

Por otra parte, nos encontramos a quienes van siguiendo las redes de aquell@s que están de vacaciones y empiezan a comparar su vida con esas vidas. «¿por qué yo no puedo irme a esos sitios?» «¿Por qué no tengo amig@s o pareja con quien irme?…»

La realidad es que muchas veces no estamos viendo vacaciones… estamos viendo momentos seleccionados, editados y filtrados. Nadie sube el aburrimiento, la discusión, la soledad o el cansancio. Y aun así, nos medimos con eso.

No se trata de no usar redes sociales, pero sí de aprender a vivir con menos comparación, más presencia, menos presión y más verdad.