La vergüenza tiene algo paradójico. Puede hacernos pensar: “No quiero llamar la atención. No quiero que me miren. Prefiero pasar desapercibid@”

Pero si realmente no necesitáramos ser vist@s, ¿por qué nos preocuparía tanto no serlo?

Quizá porque no queremos exactamente desaparecer.

Queremos ser reconocid@s, pero sin sentirnos expuest@s.

Queremos que alguien se dé cuenta de nosotr@s, pero nos da miedo hacer algo para conseguirlo.

Queremos que nos conozcan, pero tememos lo que pueda ocurrir si alguien llega a conocernos realmente.

Y entonces aparecen sensaciones que pueden parecer contradictorias.

“Mírame, pero no demasiado.”
“Conóceme, pero no muy profundamente”
“Date cuenta de mí, pero no hagas que me sienta observad@.”

La vergüenza puede convertir la mirada del otr@ en algo deseado y al mismo tiempo amenazante.

Porque ser visto puede significar reconocimiento, pertenencia y afecto.

Pero también puede significar juicio, rechazo o la posibilidad de que descubran aquello que nosotr@s mism@s consideramos defectuoso.

Por eso, a veces, “no quiero llamar la atención” puede esconder algo mucho más vulnerable:

“Ojalá alguien pudiera verme sin que yo tuviera que arriesgarme a mostrarme.”

Y quizá ahí esté una de las claves.

No se trata necesariamente de aprender a llamar más la atención.

Se trata de poder ser vist@ sin sentir que nuestra imagen ante los demás determina nuestro valor.

Porque cuando dejamos de necesitar escondernos para protegernos de la mirada ajena, también podemos empezar a disfrutar de algo que siempre habíamos necesitado: que nos vean.

¿Te has sentido alguna vez así? En nuan@psicologia estamos aquí para ayudarte y acompañarte en aquellas experiencias que puedas estar viviendo.